7 de agosto de 2014

La rueda

La casa me está tomando prisionera. Después que colgué las cortinas nuevas me di cuenta que todas las cosas sin usar metidas en los cajones y tras las puertas de madera me obligan a quedarme encerrada, a cuidarlas y hacerme cargo de ellas. Todo tiene que estar limpio y ventilado, cada objeto se adueñó del lugar como una toma de terreno, tengo que moverme con cautela he comprado tanto que no queda espacio. No puedo deshacerme de todo esto, no es tan fácil, como polvo el recuerdo se ha pegado sobre las fotos, los estantes, los frascos; sobre cada minúscula cosa hay un peso que cuelga de mi corazón. He ido tapando con las compras absurdos momentos de vacío existencial, de ausencias, de angustia y soledad; no han servido más que como remedio inmediato de corta duración. 
Mi vida es una casa sin ruidos, sin pasos ajenos, tan llena de inanimados objetos, ninguno me abraza ni me dice te quiero. La maquinaria se sigue moviendo, en algún rincón alguien está comprando un modelo más nuevo para tirar el que nunca uso, en algún lugar la pila de basura continúa creciendo. Está sobrando en exceso en esta orilla mientras escasea la comida no muy lejos, pero el egoísmo, pilar sobre el que esta raza se eleva, no permite compartir. 
Morirse de hambre, comprarse un saco nuevo, mirar las cortinas que podrían haber sido más claras, tal vez podría ir por un juego nuevo.


Victoria Montes