21 de agosto de 2014

Donde habitas

No esperaba verla esa noche, no esperaba verla nunca más. De regreso del cementerio Fran había subido a su cuarto y se había quedado viendo tras la ventana como la tarde de otoño se iba haciendo noche con la mirada perdida en las rocosas formaciones que limitaban la ciudad. Su madre estaba muerta. Tras incontables entradas y salidas del hospital, enfermeras en casa y promesas de recuperación, todo había acabado entre el almuerzo y la merienda, en una tarde de escuela; la risa en el recreo jugando con sus amigos y de pronto el rostro ceniciento de su padre que parecía derrumbarse como un viejo edificio cuando lo fue a buscar.
Fran no se movía, la tristeza infinita lo envolvía por dentro como una tormenta de verano mientras las lágrimas inagotables continuaban cayendo. No podía comprenderlo, no bastaba con sentirlo, necesitaba entender porque a él le había ocurrido esto, quería desvanecerse como una sombra en la noche. Recordó las historias de su abuelo sobre los espíritus y las almas errantes que vagan por la tierra; sin esperar una respuesta, con la voz muy baja preguntó: ¿Estás ahí mamá? Nada se movió dentro o fuera, no hubo sonidos nuevos, el momento se extendió lo suficiente para hacerle saber que estaba solo.
¿Dónde estaba? La carne se podría en el cementerio pero la mujer que lo llenaba de besos por las noches y que lo despertaba con el desayuno en la cama antes de enfermar no era eso; algo faltaba, no todo podía estar muerto. Fran lo sabía, lo sentía en el corazón; abrió la ventana y en un momento estuvo sobre la calle frente a su casa, necesitaba correr y olvidar, y así lo hizo, corrió hasta alejarse lo suficiente del pueblo y alcanzó un campo de trigo maduro sobre el cual se echó a descansar; sólo deseaba que el dolor se detuviera. Lloró sobre la tierra, bajo la luna llena perfecta que se encendía en el cielo oscuro. La respiración entrecortada y el jadeo que las lágrimas le provocaban continuaron por poco más de una hora hasta que finalmente se durmió sobre el sembrado. 

Sintió una mano en el hombro que lo sacudía lento, había aclarado y al girar vio la silueta de una mujer morena de negros cabellos largos que lo miraba sorprendido. Se levantó confundido sin estar muy seguro de cómo había llegado a ese lugar. La mujer habló, se llamaba Itzá y junto a su marido trabajaban en el campo, lo invitó a pasar al rancho que había al final del sembrado sobre la loma. Caminaron juntos en silencio, tomados de la mano. Una vez dentro Itzá le puso una manta sobre los hombros y calentó café para los dos. Se sentó frente a Fran observando por un momento como las manos le temblaban como hojas secas al viento, tenía los ojos hinchados y enrojecidos, estaba pálido.
-¿Cómo llegaste aquí? -le pregunto mientras le acariciaba la cabeza, Fran se incorporó tímidamente y entre sollozos respondió.
-Quería llegar al cementerio…creo, mi mamá… está muerta, quería estar con ella -la voz se le ahogó en un hilo y el llanto volvió con más fuerza.
Itzá se levantó para apartar el café que inundaba la habitación con su aroma. 
-Tu mamá no murió sabes -los ojos verdes de Fran se alzaron hacia los suyos negros con deseo de saber-. Ya no podrás verla pero sigue aquí entre nosotros. Mi abuela me enseñó estas palabras antes de que su alma abandonara su cuerpo.

No te acerques a mi tumba sollozando.
No estoy ahí. No duermo ahí.
Soy como mil vientos soplando.
Soy como un diamante en la nieve, brillando
soy la luz sobre el grano dorado
soy la lluvia gentil del otoño esperado.
Cuando despiertas en la tranquila mañana,
soy la bandada de pájaros que trina,
soy también las estrellas que titilan
mientras cae la noche en tu ventana.
Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando
No estoy ahí, Yo no morí.(*)


Entre lágrimas Fran esbozó una sonrisa que se esfumó como el vapor del café, era bonito pero no era suficiente, no podía verla ni hablar con ella, solo pensarla. Itzá se acercó con pan y el café y se sentó a su lado; en el silencio las almas se fueron conociendo, midiendo los gestos, mirándose por momentos. Fran sentía tranquilidad, por primera vez alguien no lo trataba como un niño y lo llevaba corriendo de un lado al otro sin respetar sus momentos, Itzá le había dado el tiempo para calmarse y dejarlo estar. Cuando acabaron el desayuno ella se ofreció a acompañarlo a su casa, Fran aceptó de inmediato y juntos salieron del rancho. 
El sol estaba subiendo y comenzaba a dorar los granos que como un mar calmo se movían lento con el viento que crecía despacio. Itzá se volvió a buscar algo y Fran esperando solo en medio del campo sintió el sol encendiéndole el rostro, sintió el viento acariciándolo, alzó los ojos sobre el enorme cielo azul manchado de blanco que le ofrecía el infinito para soñar, se conmovió con la bandada de pájaros que despertaron en las ramas del árbol y abriendo sus alas al mismo tiempo, sobre su cabeza se echaron a volar. Por dentro el pecho se le estremeció en silencio, las palabras de Itzá se volvieron poesía escrita en el viento, lo consumió la emoción de lo perfecto. Ella estaba en todas partes y siempre lo acompañaría.



(*) Plegaría indígena.

Victoria Montes