29 de agosto de 2013

Vuelta de Página

Las gotas tocando una melodía extraña sobre el techo, me despertaron del sueño de domingo. Hace frío esta mañana pero da placer saber que no hay apuro, que el despertador no va a sonar y que el tiempo pasa más lento que de costumbre haciendo espacio a las cosas simples del día. Doy algunas vueltas en la cama, mis pies se mueven hacía los fondos fríos y vuelven rápidamente a su lugar, donde el calor de toda la noche los aguarda, haciendo de la mañana un lugar donde dan ganas de quedarse a vivir.
Me levanto pasadas las once, ya todos están en la cocina. Mamá está preparando la salsa para las pastas, papá escucha la transmisión del partido de fútbol por la radio y mis hermanos juegan debajo de la mesa algún juego inventado hoy mismo, estoy segura de no conocerlo. Preparo un café con leche mientras el pan se dora sobre el metal caliente; hago algunas tostadas de más, seguramente alguien va a meter la mano en cuanto las lleve a la mesa. Me siento frente a la ventana, todas las gotas han caído. No existe mejor verde que el que se pinta después de la lluvia y respira vivo sobre las copas de los árboles del patio, en cada maceta, opacando el mármol de la entrada con la vida que rodea la casa. Tras perderme un momento afuera, vuelvo siguiendo el vapor del café; el diario está sobre la mesa, la edición favorita de la semana, con secciones para todos y el imposible crucigrama de la página final.
Hago a un lado los suplementos y comienzo a leer la sección de internacionales. Cambian los países y los nombres de los políticos, cambia la raza de los pueblos, pero las noticias siempre son las mismas. Elecciones en cada hueco donde los gobernantes puedan esparcirse como la maleza dañando lo bueno, sospecha de fraude, pueblos enteros en las calles protestando porque el hambre oprime, corrupción en el senado; la historia se repite hasta el hartazgo. Ahora pienso que hubiese sido mejor leer el suplemento de espectáculos, rodeándome de esos personajes extraños, portadores de sonrisas, que dejan la máscara a un lado de la cama cuando terminan de actuar, en absoluta soledad.
Antes de llegar a la sección de economía, como nota final en la última página, leo que otra vez la guerra se desata en medio oriente; nadie tiene los motivos claros, pero la contienda es buen negocio. Tráfico de armas, la bandera de la libertad flameando como estandarte, y el pueblo, siempre el pueblo, estorbando en medio de la disputa entre las partes. “La guerrilla avanza sobre los campos de refugiados ejecutando inocentes. Se espera la intervención de los organismos internacionales.”. El pie remata la fotografía de un asentamiento improvisado en medio de un desierto sin colores, donde familias enteras esperan su turno para entregar su vida a intereses ajenos. Por delante, dos hombres apuntan con sus rifles a tres ancianos sostenidos por las balas que atraviesan la pared y que pronto los dejan caer sobre el suelo polvoriento. Mientras uno de los asesinos arrastra los cuerpos hacia una fosa común, el otro toma por el brazo a una niña y la arrastra hacia el paredón. Su pequeña hermana, aferrada al otro brazo, persigue el mismo destino. La niña comienza a arrastrarse por el suelo mientras el rifle mira de frente las lágrimas de la pequeña, que surcan el polvillo que hay en su rostro (ya quiero quitar la vista de la imagen). La bala la encuentra inocente y asustada. Por sobre mi hombro veo a la mayor, de unos doce años, que ha logrado escapar y me mira, parada a mi lado, con la tinta enjuagada por el llanto, implorándome ante la pérdida de su hermana.
No puedo devolverle la mirada, no sé qué decirle, esa guerra no es mi culpa ni ella mi responsabilidad. Mis hermanos siguen jugando su juego, mi madre vuelve a limpiar la mesa, que ya está por demás limpia; mi padre escucha la radio mientras su mirada y su mente se pierden en los bordes quemados de las tostadas. Todos sabemos que ella está allí pero los ojos la evitan, nuestras bocas nada comentan. Con el corazón miserable paso la página esperando que ella desaparezca, pero la niña sigue de pie, viéndome con el rostro de los olvidados. Sin devolverle la mirada extiendo mi brazo y la tomo por el hombro, comienzo a armar un gran bollo de papel que pronto cae lento en el cesto de la basura. Vuelvo a la mesa a acabar el desayuno, mi familia se ve distendida y feliz. Mamá nos pide que nos lavemos las manos y preparemos la mesa. En la comodidad del hogar, el domingo va pasando entre la comida casera y los juegos de azar. 

por Victoria Montes