15 de agosto de 2013

Donde Habitan Los Miedos

Ya no tengo que preocuparme por llegar a tiempo, porque nadie me espera, nunca más. Encerrada en la oscuridad de un ciego, la vida está resbalando lenta. El plato pasa bajo la puerta, sólo con olerla, sé que no voy a probar esa mezcla. Estoy esperando que las inmundicias de la celda me sorprendan, se metan dentro de la carne por alguna grieta y escarben sobre los restos que me pesan. No hay luna, sol, ni estrellas; tampoco una lluvia que me empape el alma, y mientras, el alma se escapa por las ranuras de la madera. Cierro los ojos e intento, pero los colores se fueron borrando, ya no los recuerdo. También las imágenes se fugaron, no las culpo; ojalá la cordura se revelara y partiera, dejando sólo a este cadáver, pudriéndose hasta los huesos. Esta irascible soledad de existir, no por ausencia de compañía, pone de manifiesto que no vivo en el recuerdo de nadie. El universo ha liquidado mi destino.
No hay hambre, sed, ni deseo; el espiral se sostiene, me lleva, pero nunca me deja caer. Sin posibilidad de medidas extremas ni pena de muerte, sólo queda esta cárcel como abismo marchito, que se recrea una y otra vez. Hay una idea rondando por el cuarto como mosca de verano; la siento cerca, viene a clavarse en mi mente, a revivirlo todo otra vez. Entonces lo recuerdo: la calle, oscura como la tinta, sostenía mis pasos, los adoquines chocaban contra los tacos en un compás sin descanso. Trataba de llegar a casa antes que ellos surgieran obstaculizando el camino. Las paredes de los edificios comenzaron a deformarse, los miedos se desprendían de los ladrillos buscándome sólo a mí. Eran demasiados, los sentía rondando; todos atacaron al mismo tiempo, como agujas perforando la carne, hiriendo todos mis cuerpos. El aura corría líquida entre los adoquines buscando la alcantarilla en un hilo púrpura, se me vaciaban los ojos mientras veía mi esencia escurrirse por la trampa negra. Ellos me rodeaban con sus grandes bocas, se abrían paso entre mis restos, aferrándose a la piel desde dentro, quedándose eternos.
No se si morí o me llevó el sueño, desperté en el encierro rancio, con las piernas pegadas al sucio suelo, la carne se separó del hueso cuando me levanté para fundirme con este lugar. Evoqué el momento hasta gastarlo, no he podido descubrir como ellos me trajeron hasta aquí, se han adueñado de mi mente, recortando mi pensamiento. Pero esta vez los muros del recuerdo han cedido, volvió como una fotografía la imagen de mi durmiendo; mala noche para soñar un sueño del que una pesadilla se adueña, donde soy una prisionera de mis miserias, muriendo en mitad del viaje, perdiendo mi alma en este limbo que no me suelta. Estoy en la antesala del olvido, el recuerdo ya me deja; otra vez el plato cruza por debajo de la puerta, pronto el zumbido crecerá de nuevo y algo vago se dibujará en mi mente, no estoy segura de saber qué.

por Victoria Montes