20 de febrero de 2014

La sombra de la soledad

Malena despertó de golpe, adentro le llovía con fuerza y tanto ruido había acabado con el sueño. Ojalá el día este nublado y haya tormenta, hoy no puedo soportar el sol, pensó. Con la habitación a oscuras abrió los ojos y los clavó en el techo como dos alfileres, inmóvil sobre la cama, en su cabeza la marea subía. Estaba pensando en demasiadas cosas para las seis de la mañana, las palabras le volvían una y otra vez sobre la frente, tanta habladuría puesta sobre los sentimientos, la gente prometía en exceso y renunciaba por tan poco, todos estaban vacíos; Malena les creía y cuando llegaba el desengaño acumulaba en el corazón un poco más de angustia y de llanto. Cada vez se repetía que era la última, que no iba a intentarlo más, pero tanta soledad resultaba aniquiladora y al final cedía; con esmero construía puentes que dejaban entrar a los demás hasta sus más recónditos pasadizos. Sin motivo de desgaste o tormenta, tiempo después los encontraba derrumbados, sin guerra previa ni intento de negociación, del otro lado habían cortado las amarras y levantado campamento sin dejar ni nota de despedida.
Dio vueltas en la cama, sentía el alma cansada, pero ese agotamiento no lo reparaba el sueño por lo que intentó volver a dormir sin poder conseguirlo; las olas llegaban una a una golpeándole el corazón. Tengo que aguantar, pasar el día se dijo y salió de la cama a tientas. Prendió la luz del baño y se miró en el espejo, allí estaba con su rostro más sincero y no le gustó lo que veía. Las facciones se esfumaban y la piel se derretía, era una mancha viscosa sin forma ni marcas, todo se fundía y en el centro sólo quedaban sus ojos negros como abismo esperando para tragársela. La barrera cedió y el mar comenzó a volcarse lento en su mirada, Malena se sentó en el frio suelo y lloró para ahogar tanta angustia, cuando pudo detenerse volvió a mirarse al espejo y se vio más débil y perdida que antes, como una enfermedad terminal sin remedio.
Había nacido con la soledad agarrándole las piernas, no había nada para ella, al menos no en este mundo; pero siempre podía aguantar y levantarse piedra por piedra, soñar que una mañana venidera estaba por llegar para darle paz y llenarle en corazón con alguna relación de chuchería, o tal vez con la muerte.


Victoria Montes