10 de octubre de 2013

Familia de colección

Domingo de duelo, acabamos de enterrar al tío Hernán. Volvimos todos a casa para almorzar, a mamá le preocupa que Joaquín y yo comamos algo. Es la sexta muerte en la familia en lo que va del año. El primero fue el abuelo Alberto, una noche de septiembre, mientras compartíamos la mesa después de cenar, se puso de pie con dificultad tras sentir un profundo dolor en el pecho, antes de que alguno pudiera reaccionar, cayó con rigidez sobre los verdes mosaicos. Esa fue mi primera muerte, acababa de cumplir diez años; un dolor extraño, tosco, imposible, me conmovió por dentro. Desde aquel día fue como si la parca hubiese usurpado la casa, viajaba en el auto con nosotros, eligiendo la próxima víctima. Extrañas enfermedades empujaban suavemente la puerta de nuestros cuartos, caíamos enfermos, no todos lográbamos levantarnos.
Al morir el abuelo, papá no quiso que su mamá se quedara sola, decía que sería demasiado dura para ella la viudez a los noventa. La abuela Inés se negó desde un principio, pero ante la insistencia de todos no le quedó más que ceder, una semana más tarde se mudó con nosotros. Su nueva habitación se hallaba en el fondo de la casa, era un cuarto pequeño, con algo de humedad y sin ventanas, pero ella lo prefería a la alternativa de dormir en mi cuarto, tal como mamá lo había previsto; la abuela quería tiempo a solas para decir sus oraciones, por los vivos y los muertos. Entre su habitación y la mía dormía Manuel, mi único hermano, el menor; el dormitorio de mis padres estaba al frente de la casa, delante de la cocina; el patio de luz alcanzaba todos los espacios, era suficientemente amplio para pasar las tardes allí jugando sin molestar a los mayores. La abuela Inés era muy autoritaria, no aceptaba que le llevaran la contra; al principio creí que la vida con ella iba a ser difícil, pero su presencia se hizo imperceptible, salía de su cuarto sólo para almorzar, y alguna que otra tarde se sentaba en el patio, en silencio, con la cara al sol. Habitaba entre nosotros pero su mente vivía en otra parte, ya casi no hablaba desde la muerte del abuelo. 

En los meses venideros enfermé de hepatitis; mientras estaba en cama, la tía Rosario, esposa de Hernán, debió que ser internada de urgencia tras contraer una grave infección en los riñones, los médicos no tuvieron tiempo de intentar nada, después de agonizar durante dos días su cuerpo se guardó al eterno silencio; fue la segunda en morir. Mis primos Joaquín y Fernanda prácticamente se mudaron a casa; Hernán no podía con ellos, con el trabajo y con la reluciente soledad. Mamá nos cuidaba a todos mientras el tío y papá trabajaban. 
Dos meses después finalmente mejoré, sentía que me había escapado de una muerte segura, que era invencible. A los pocos días Manuel despertó con el cuerpo hinchado, parecía que había subido de peso mientras dormía, la hinchazón crecía por dentro y por fuera; según dijo el médico los pulmones colapsaron, ya no podía respirar, murió ahogado cuando la tarde iba llegando. Era extraño, mi hermano menor, solía pensar que él nos iba a terminar despidiendo a todos a medida que la vejez nos fuera atacando. Una semana después de cubrir con tierra negra el pequeño cajón blanco, Fernanda también enfermó. Tuvieron que internarla en terapia intensiva, no quisieron contarnos a Joaquín y a mí que le pasaba, tampoco nos dejaron ir al hospital a visitarla. La abuela Inés nos cuidaba, mientras papá, el tío Hernán y mamá pasaban el tiempo entre la clínica y el trabajo; venían a vernos de a ratos, para asegurarse de que nada nos sucediera a la abuela, a Joaquín y a mí. El tiempo en la casa se estiraba como un chicle, estábamos tan solos, veíamos muy poco a la abuela, pasaba casi todo el día encerrada en su cuarto, rezando; nos quedábamos sentados leyendo algún libro, no teníamos ningún deseo de jugar, la casa olía a muerte. 
El veinticinco de Junio la abuela nos despertó a las ocho para darnos un desayuno rápido. Otra vez estábamos solos los tres. Se sentía débil, cansada, su rostro estaba cubierto de un manto gris. Nos pidió que fuéramos buenos y la dejáramos descansar. No la vimos en todo el día, esa noche llegaron mamá, papá y el tío Hernán, volvían de la clínica; no necesitamos palabras, sus ojos decían suficiente, otro velorio blanco al que asistir. Sólo la abuela se quedó en casa, había enfermado, por su edad y como las cosas se sucedían todos estábamos seguros de que seguía en la lista. Pero tras una semana empezó a mejorar y con ella la esperanza de que tal vez habíamos detenido los relojes de la muerte por un tiempo. El ánimo de a poco fue cambiando, comenzamos a tener una falsa sensación de seguridad de la vida, hasta que el tres de agosto el teléfono sonó a las cuatro de la tarde. Yo estaba en el patio sentada en el suelo jugando, vi las piernas blancas de mamá temblando, el tubo del teléfono golpeó contra el suelo a su lado, papá había sufrido un accidente con el auto perdiendo el control, incrustándose contra un árbol, murió antes de que la ambulancia llegara. Todos nos entregamos, ya no sabíamos por que pelear, era inevitable. El tío Hernán murió pocas semanas después, él no enfermó, lo mató tanta tristeza. 

Allí estábamos la abuela, mamá, Joaquín y yo comiendo en silencio, éramos los únicos que esperábamos, sabíamos que ella nos estaba acechando bajo la almohada, al cruzar la calle, en el patio bajo los rayos del sol; estaba allí, detrás nuestro jugando, eligiéndonos. El domingo se desprendió del almanaque; de la misma forma comenzaron a pasar las semanas, siendo cada día tan solo eso: un papel con un número, una espera amarga en la garganta. La abuela nos cuidaba ausente, mamá había conseguido un trabajo a medio tiempo para mantener la casa, Joaquín y yo íbamos a la escuela sin aprender nada, no nos quedaba tiempo para aplicar algún conocimiento. 
Se cumplían tres meses desde la muerte del tío Hernán. Volviendo de la escuela hacia casa Joaquín comenzó a sentirse mal, un dolor punzante en el hígado lo agobiaba. Caminamos lento, doblaba el cuerpo a causa de los espasmos, tuvimos que detenernos en el kiosco de la esquina donde Catalina, la dueña, llamó a la ambulancia. Crucé corriendo la calle para avisarle a mamá, tomó apurada la cartera y salió mientras me pedía que me quedara con la abuela Inés y le avisara lo que había sucedido. 
Esperé en la puerta hasta que los vi subir a la ambulancia, la sirena ahogaba los sonidos. Cerré el portón del frente y entré buscando a la abuela, tal como suponía estaba en su cuarto, con la puerta cerrada. Golpeé dos veces, no me respondió, bajé el picaporte suavemente y entorné la puerta para buscarla; allí estaba, sentada frente a la mesa de madera, vestida de negro con un pañuelo rojo cubriéndole la cabeza. Dos grandes velas negras encendidas a cada lado alumbraban su rostro y sus manos que se movían lento sobre la mesa. Oraba en un idioma extraño, no podía comprender lo que decía. La bisagra crujió al apoyarme sobre la puerta, ella me miró con ojos profundos como dos pozos negros, no eran suyos. Cuando giró vi en el estante, frente a ella, seis muñecos de tela, todos me recordaban a alguien. Había tres muñecos más sobre la mesa: un niño de cabello castaño enrulado, como Joaquín, con algunos alfileres rojos clavados en el costado derecho bajo el pequeño brazo; la abuela sostenía entre sus manos una muñeca de pelo lacio y oscuro con vestido floreado que lucía como mamá, la presionaba con fuerza mientras clavaba dos alfileres azules en la cabeza, penetrando las sienes. La tercera muñeca tenía dos trenzas a los lados, vestía unos jeans y una remera roja, mi color favorito, ningún alfiler me cruzaba la piel. 

─Pensaba divertirme con vos -dijo la abuela- sos resistente, pero ya vez, ahora no puedo dejarte salir. -Mientras clavaba un puñado de alfileres verdes sobre mi corazón. 



Victoria Montes