30 de enero de 2014

Bienes raíces

– ¿Qué hacés acá a estas horas? -preguntó ella sobresaltada al asomarse por la mirilla de bronce y verlo de pie frente a la puerta.

–Es que no podía dormir, no dejaba de pensar en vos, en nosotros, en lo que fuimos -respondió él mientras Mercedes abría la puerta, la besó en la mejilla y cruzó el umbral sin esperar invitación.

Ella comenzó a despejar su mente del sueño y a acostumbrar la vista a las luces que él no dejaba de encender de camino a la cocina. 

–Traje café ¡Tu preferido¡ -y alzó el paquete dorado para que ella lo viera.

–Manuel acabamos de divorciarnos no podés aparecerte así, son las cuatro de la mañana, tengo que ir a trabajar temprano. Por favor tenés que irte -le dijo mientras lo perseguía por los pasillos.

–Bueno esta todavía es mi casa también -él sonreía mientras doblaba por el corredor- tenemos tantos recuerdos, todos los años que pasamos juntos están entre estas paredes. 

–Los abogados acordaron todo, la casa va a pasar a mi nombre en cuanto termine la feria judicial y se puedan hacer los papeles, vos te quedaste con el departamento. La casa ahora es mía aunque figure a tu nombre, que la hayamos compartido tantos años no te da derecho a aparecerte a cualquier hora sin avisar. 

–Lo sé, lo sé. Mercedes mi vida -y al fin se detuvo un instante para observarla- eso es lo que sos, mi vida, mi vida entera. Lo único que importa ahora es que tengo las respuestas para que lo nuestro funcione al fin.

–Manuel por favor -se esforzó para simular su fastidio y evitar iniciar una discusión- no es momento para hablar.

–Es que tengo que explicártelo todo, no puedo esperar -la ansiedad fluía por cada músculo de su cuerpo, no podía detenerse-. Dejá que prepare un café antes, necesito que estés atenta a lo que voy a contarte, todo va a estar bien.

–Las cosas están bien así -irritada- sólo tenés que acostumbrarte al cambio.

–Las cosas no están bien Mercedes, lo que pasó entre nosotros no debería haber pasado. Pero no quiero que te preocupes -su rostro era el de un vendedor de felicidad- porque ya nada de eso importa.

Él se movía rápidamente por la cocina buscando el molinillo para el café en el tercer estante de la segunda puerta a la derecha, los pocillos marrones en el cuarto cajón, las cucharas en el segundo. Mercedes se apoyó en la mesada con cierta resignación, los últimos cinco años de matrimonio la habían agotado, todo era un ir y venir inconcluso; y cuando finalmente parecía haberse acabado el destino le daba una noche más. Esperaron en silencio a que el agua estuviera lista, se medían en la distancia establecida por la mesa; ella intentaba hacerse a la idea de lo que él iba a decirle, él la observaba como si la viese por primera vez guardando todos los detalles, haciéndose de una imagen mental perdurable en el tiempo. Cuando el primer hilo de vapor se elevó por el pico de la pava, el imperceptible chillido derribó el puente de exhalaciones que se erguía entre sus miradas. Él vertió el agua sobre el café y preparó las tazas.

–¡Con tres cucharaditas de azúcar para vos! -giró un momento para sonreírle a lo que ella respondió con la mirada de una foto ajeada arruinada por la humedad y el sol- . Él sirvió el café y le alcanzó uno de los pocillos.

–Ya tengo mi café, ahora Manuel decime lo que sea que hayas venido a decirme así podés volver a tu departamento y yo puedo descansar.

–Primero un brindis ¡por nosotros! -se acercó a ella sentándose a su lado mientras las tazas chocaban. El café de él se derramó groseramente por los bordes, pero no pareció notarlo- Llevo un mes pensando en cómo solucionar esto porque yo te amo Mer, lo sabés, y pensé que ya no tenía arreglo por eso pasé tanto tiempo negándome al divorcio, la idea de no verte de no hablar con vos y compartir la vida me resultó espantosa. Pero divorciarnos, pasar unas semanas sin vos creyendo que no había más nada que decir me hizo muy mal y al mismo tiempo logró que todo se aclarase y esta noche finalmente pude ver la verdad y hallar la manera -respiró.

–Manuel no vamos a hacer esto, no ahora ni otra noche -dejó la taza a medio acabar sobre la mesa y se paró dirigiéndose hacia la puerta del frente-. Quiero que te vayas, estamos separados, aguanté todas tus locuras, tus idas y venidas durante mucho tiempo y no me arrepiento porque te amaba y quería salvar lo nuestro. Todavía te quiero -le dijo mientras lo miraba directo a los ojos- siempre te voy a querer, pero no tengo más nada para darte, no puedo más con esta situación. Por favor, por última vez te pido, andate a tu casa -y se paró en el corredor de camino a la salida.

Él no se movió, continuaba tomando su café, le respondió tranquilo y sin voltear a mirarla siquiera.

–Vení Mer, sentate. Dejá que te explique todo y después si querés me voy y no vuelvo, te lo prometo.

Ella volvió resoplando y se quedó de pie junto a él. Ya no le interesaba quedar en buenos términos o que él se enojara, sólo quería que el amanecer llegara, irse a trabajar y olvidarse del asunto.

–Decime, te estoy escuchando -él le puso la taza de nuevo entre las manos.

–Se va a enfriar, terminalo. 

Puede ser odioso hasta en el más mínimo detalle, pensó ella.

–Mirá Mer, vos has sido conmigo la persona más paciente que he conocido, me perdonaste muchas cosas, siempre apoyaste mis sueños de ser escritor y aunque nunca estuve cerca de lograrlo te quedaste a mi lado. Y la verdad es que no voy a encontrar otra persona como vos, mi camino va con el tuyo para la eternidad -ella comenzaba a impacientarse, bebió el café de un solo trago y apoyó golpeando la taza sobre la mesa como para demostrarle la prisa- si perdón, bueno te cuento. Hace unos días conocí a Juan Gabriel, un maestro de los guerreros de luz, tiene un templo propio y una gran cantidad de seguidores, lo conocí de casualidad en la calle, empezamos a hablar y le conté lo nuestro…

Mercedes había oído este tipo de historias muchas veces de la boca de él, simplemente decidió dejarlo acabar, sabía que no era más que una locura momentánea, algo a lo que aferrarse en un momento de debilidad. Dejó de prestar atención, el relato iba a acabar en la nada misma, se limitó a asentir mecánicamente y a esperar mientras pensaba que sería bueno cambiar todas las cerraduras de la casa. El café le había calentado las entrañas y de a poco el sueño estaba volviendo, pensó en su cama donde pronto estaría de nuevo como si nada hubiese ocurrido.

–…le debo todo lo que pueda darle y vos también Mer, sus palabras me dieron claridad. Él dijo que éramos almas destinadas a ser y que éste, el mundo en el que vivimos es sólo un momento en la vida cósmica porque después de la muerte de estos cuerpos todo sigue, las almas continúan juntas el camino, se esperan para comenzar en el próximo plano y ahí hay otras reglas, es como si todo lo anterior se borrase, aunque las enseñanzas quedan y así se empieza otra vez, juntos -estaba agitado, se quedó en silencio observándola como un niño que espera le den permiso para salir a la calle a jugar.

–Si es así entonces sólo tenés que esperar a la próxima vida y ahí vamos a estar juntos y todo va a estar bien, por lo pronto ahora tengo que ir a dormir porque mañana el día va a ser largo. 

Ella intentó levantarse de la silla pero sus piernas se aflojaron sin responder al movimiento, se apoyó en la mesa y volvió a sentarse, las náuseas le ardieron en la boca; miro el pocillo vacío y lo miró a él que también se tambaleaba sobre la silla y sudaba.

–Esto es lo mejor que hice en toda mi vida y lo hice por nosotros, Mercedes mi amor -las palabras salían arrastrándose lentas- este es nuestro último café, ya comienza nuestra próxima vida y ni siquiera tenemos que esperarnos, nos vamos juntos -y con la sonrisa forjada a hierro sobre el rostro, cayó hacia atrás.

Mercedes trató de alcanzar el teléfono pero no logró siquiera a dar un paso, su cuerpo fue resbalando de la silla como una tela vieja. Tres días después hallaron los cadáveres y el maestro Juan Gabriel añadió otro inmueble a su lista de propiedades entregadas como parte de pago por los sabios consejos.

Victoria Montes