23 de enero de 2014

Declaración de guerra

Azul que nace de la tierra roja, se abre paso sobre la lluvia ácida que empapa la tierra y la lastima con cada gota, y ahí estamos nosotros con el rostro hacia el cielo esperando que el rayo caiga y nos fulmine de una vez porque estamos tan cansados de la lucha en vano, la que no empezamos porque tenemos por aprendido que vamos a perder, nos lo han dicho tantas veces que se ha enterrado la derrota en el alma, se plantó como una roca en el camino de todos la imposibilidad de lograr algo. Entonces nos unimos con los rostros ocres llenos de óxido y la empujamos, la empujamos tan lejos que no tiene más que ceder y caer por el barranco donde el mar furioso la espera debajo para consumirla con todo aquello que ya no queremos tocar, y se va vida, se va la lluvia y el mar se traga al sol que cae, porque de vernos no quiere más que morir, esta asqueado de nuestras abejas oscuras que nos zumban dentro y sacan lo peor de nosotros. 
Egoísmo, el mundo se ha construido sobre ello y los señores feudales que plantan la semilla podrida de lo que cultivarán por siglos aplastando lo autóctono, las costumbres y las culturas, enarbolarán bandera y se sentirán libres: malditos hombres sucios, escoria del planeta que clavaron la lanza en el pecho de nuestros antepasados por las monedas de oro. ¿De qué les ha servido? Igual todos mueren enterrados en sus mansiones con sus enormes casas como gigantes prisiones de lo que afuera no quieren ver. Así nacimos los de abajo, gestando el puñal junto con nuestra vida, creyendo desde el vientre que no lo valíamos nada que éramos poca cosa, rebosantes de miedos: el miedo de la sangre derramada, el miedo al fracaso, a la infamia de ser pobres y nadie recordó que la riqueza está en el alma; los pueblos vencidos echaron al viento las enseñanzas, por miedo también, ya no hay batalla porque nadie cree poder ganarla.
Son diez, diez los dueños de este mundo, te los cuento con los dedos de las manos; un mundo que es más nuestro que de ellos, un mundo que no debiera esclavizar a quienes guarda. Huyamos, huyamos a otras tierras… pero no es posible ya todo está contaminado, huyamos al fondo de los océanos  ¡No, no podemos! allí también todo matamos. Salgamos al espacio hechos polvo, volemos y toquemos las estrellas, en los agujeros negros escondámonos de estos tiranos, dejémoslos en tierra y que todo explote y se vaya al carajo que revienten como gusanos con su sucio capitalismo hastiado de crimen, de robo, de asesinato. Que paguen sus deudas y peleen sus propias guerras, no quiero derramar sangre de otros ni perder la mía por codicia ajena. Aquí ya no se pelea por ideas, y aunque lo fueran no son las mías ni en las que creo. Hoy voy a levantar este lápiz declarando la guerra a todos los sucios banqueros esclavistas y con mi palabra los voy a apuñalar justo en el corazón.
La sangre se derramará sobre la plaza central, por los adoquines el rojo rio irá viajando y al fin sus cabezas se secarán al sol clavadas en un lápiz; y sus sucesores, escorias recibidas de escorias con sus títulos de universidades pagas verán la guerra vuelta desde las raíces ancestrales porque ese día los originarios se levantarán de la tierra herida, se apropiarán de la carne y al grito de guerra los perseguirán hasta los confines para enterrarlos en el frio hielo antártico y ahogarlos en los profundos mares, y cuando el mundo esté libre de tiranos viviremos en paz.
Victoria Montes