7 de noviembre de 2013

Atrapado

Los árboles eran una postal, la suave brisa acariciaba las hojas en una tarde de octubre con calor de verano. Isaías y Rosario caminaban por el parque sobre el sendero de tierra que llegaba hasta la cima del cerro. Sólo se oía el canto de algunos pájaros y el ruido de las pequeñas piedras bajo sus zapatos, era un día ideal a excepción de las babas del diablo que volaban en sentido opuesto y se les enredaban en los brazos.

–¡Esto es perfecto! -dijo Rosario- vos y yo, podría vivir así, sin nada más.

–Sí que lo es -respondió Isaías incómodo, sabía que la conversación iba a decantar en el mismo lugar de siempre.

–Ayer me encontré con Cecilia, me preguntó si seguíamos juntos. ¡Mirá las cosas que preguntás! le dije. Bueno es que llevan mucho tiempo juntos y no veo un anillo en esa mano, me respondió -y lo miró como esperando algo, impaciente, queriendo escuchar las palabras.

–Tu amiga podría opinar menos y arreglar su vida -dijo él mientras hacía ademanes para quitarse el hilo blanco y pegajoso que acababa de cruzarse sobre su pecho y rostro.

–Esto no se trata de Cecilia -interrumpió nerviosa- esto es sobre nosotros, llevamos seis años juntos, ¡ya es momento Isaías! no sé qué estamos esperando.

–No sé porque insistís tanto, es sólo un anillo -mientras luchaba contra otra baba del diablo enrollada en su torso- ya vivimos juntos, como si llevar un anillo cambiara algo -y se vio interrumpido cuando otro hilo se le enredó en la boca.

–Mi infelicidad depende de ello Isaías -dijo elevando la voz- mirame cuando te hablo al menos.

–¿No ves que tengo todo esto pegado al cuerpo? No empecés otra vez Rosario, no te aguanto cuando te ponés así -se detuvo en medio del camino a restregarse las piernas que estaban cubiertas de la blanca viscosidad.

–Asique no me aguantás, ahora el problema soy yo y mis pedidos -se detuvo ella también y lo miró, lo vio ridículo, enredado en su propia vida, sin el compromiso que ella quería- ¿Sabes qué? me voy, no quiero seguir hablando de esto, nunca va a cambiar nada, no se para que intento -y comenzó a alejarse.

–¡Pará Rosario! no seas exagerada -dijo él, mientras con las manos intentaba liberarse de las babas del diablo que no dejaban de pegarse en sus piernas.

Ella se marchó rápidamente, volviendo sobre sus pasos; Isaías intentaba caminar pero la maraña era tan grande que se lo impedía, Rosario se desdibujaba de su vista, y mientras partía hablaba consigo misma.

–Seis años de mi vida y para qué, no hace nada por mí, siempre se trata de él, de lo que quiere y necesita -Isaías continuaba tratando de quitarlas; las babas del diablo eran demasiadas, lo abrazaron por la espalda encerrándole los brazos mientras él se incorporaba, le cubrieron los ojos y la boca -se terminó, no voy a seguir desperdiciando mi vida con alguien tan egoísta.

Una baba del diablo se enredó suavemente como una caricia sobre la mano de Rosario, Isaías gritaba dentro de su capullo blanco, mientras se retorcía de dolor y sentía su cuerpo comprimirse bajo el manto que se cerraba.


Victoria Montes