6 de marzo de 2014

Confesión

No quiero que llegue esta noche donde las estrellas están alzadas y me miran sabiendo que no hay tregua. No quiero que llegue porque sé que será la última, después el alma se mudará a otras tierras, los ojos se llenarán de moho gris y el corazón perecerá bajo la mentira descubierta. ¿Y si no creyera en el destino? Si pudiera escaparme. Tantos huyen de sí mismos, magnífico don del demonio que les brinda la naturaleza. El mío sólo se golpea, espera el knock out con la cara hundida en el pozo y los dientes teñidos con rojos hilos de seda. Sé que tengo que decírselo pero cuando lo haga voy a perderla; no va a irse lejos, la conozco de memoria, va a quedarse a mi lado fingiendo el tiempo, continuará moviéndose como la abeja impaciente en la ventana. Pero aquella que conocí tan bien durante treinta y siete años va a morir apenas yo abra la boca, la voy a ir enterrando con el cemento de mis palabras. Algo en mí también partirá, la mentira que he cuidado con tanto recelo va a expandirse en el vacío amargo de una vida tan ajena. Perdido mi tiempo, perdido el de ella.
Yo lo supe todos estos años, aquello que más la hiere, la causa de su sufrimiento a cada momento; mi egoísmo tocándome los oídos, creyéndose sabio, pidiéndome tiempo para que Violeta no se vaya ni me vea como lo que realmente soy. Esperar, esperar fue el problema, a fin de cuentas me llené de miedos, de situaciones ficticias, inventando realidades con final feliz. No queda nada que pueda decirle para enmendarlo, Gustavo acaba de morir en un accidente, ha muerto de todas maneras, tal vez si no se lo dijese…en realidad nada cambiaría para ella. ¡Pero no puedo! Merece saberlo, este es el momento; podemos descubrir el final juntos, podría abrazarla y hacerla feliz. ¡Pero no, no será así! Va a poner un muro, voy a poder rodearla con mis brazos aunque ella no estará allí, estará en el recuerdo de una noche de hospital con la lluvia golpeando los vidrios y Gustavo, así lo nombró, yéndose en los brazos de otra familia.
Tal vez me comprenda, la dictadura nos estaba acorralando, me equivoqué, me equivoqué tanto; yo no quería que se lo llevaran pero… ¿Qué podía decirle al general? Era mi hijo, parte de mi sangre, lo quería conmigo no con esa familia de ricos nuevos abarrotados de poder y soberbia. Fui cobarde de la forma en que Violeta no lo hubiese sido. Y yo después de verlo con la piel rosada y nueva, con la inocencia recién comprada y los ojos de algún recuerdo lo entregué sin despedida, sin darle un último beso; se los di como si estuviésemos comerciando y a ellos no les importó, se fueron en cuanto lo separaron de mis brazos. ¿Cómo pude entrar en la habitación y verla tan frágil, expectante y mentirle de esa manera? Murió, los doctores hicieron lo posible, le dije llorando mientras le tomaba la mano y ella se quebraba como una delgada capa de hielo delante de mis ojos. Aun así le permití hacerse daño, me sentía tan culpable que dejé que el dolor se viera y ella creyendo que me dolía la muerte de nuestro primer, y el que sería, nuestro único hijo.
Me aproveché, la mentira continuaba alimentándose de mentiras más pequeñas; enterramos un bebé que no era nuestro y lo lloramos como si fuera parte de nuestras entrañas. La vi morirse un poco todos los días mientras él crecía en la misma ciudad a veinte minutos en auto. Le robé los recuerdos y las imágenes, al menos yo lo vi algunas veces desde lejos mientras lo llevaban a jugar al parque. Tenía la piel morena como su madre y el pelo enrulado como mi viejo, era tan nuestro y no dije nada, ni siquiera dejé que lo conociera. Ahora sólo le quedará visitar una tumba nueva, llevar flores para dos. Va a odiarme, ojalá lo hiciera, pues he perdido todo el derecho sobre el amor de Violeta. Después de tanto tiempo sigue siendo mi egoísmo el que decide por ella, intento convencerme de que voy a decírselo porque merece saber la verdad pero por dentro sé que es porque ya no puedo ocultar el secreto, me está mordiendo el alma, tocándome los rincones, filtrándose por los huesos. ¡Ya no lo soporto! Se me está ahogando el pecho, las paredes se borran, las manos se cierran por la ira contenida que he ido guardando, la vergüenza me dobla la espalda obligándome a bajar la cabeza, la mentira se esparce como veneno en mi mente, me mancha la cara, sigue enredándose en mi frente.
¿Qué es esta cama que me retiene, con la boca de lado y las manos colgando como ramas secas? Sus ojos que me miran con consuelo de pobre diablo. El doctor de bata blanca como ángel de la muerte detalla las nuevas fallas de mi cuerpo tras el ataque cerebral mientras blande la lengua como yo ya no podré hacerlo. ¿Ahora que me queda? Permanecer postrado en esta cama, mantenerla a mi lado cuidándome con lástima, robándole un poco más de vida, sin poder decirle lo que vengo guardando durante todo este tiempo.

Victoria Montes