4 de diciembre de 2013

Ana a la medianoche

Abrió los ojos momentos antes de que el alba renaciera, no sabía si volvería a verla, ni siquiera podía estar seguro de que hubiese sido real. Por las cortinas entreabiertas de la ventana observaba el inicio del día, una vez más la niebla rodeaba la casa, no se veía más allá de ésta. Tratando de ordenar los pensamientos, Uriel salió de la cama y se dirigió a la ducha antes de comenzar sus tareas diarias. El agua caliente inundó el cuarto de un denso vapor y con las primeras luces de la mañana filtrándose por el ventiluz, el baño empezó a tomar un aspecto similar al de la laguna la noche anterior: con la luz de la luna llena surcando las aguas, con la bruma envolviendo los espesos eucaliptos que cerraban el paisaje, y con ella que llegaba lentamente, flotando en el agua, con su cuerpo desnudo y exquisito. Sus pensamientos se colmaron de aquella presencia, de su boca de fruta madura, sus labios cargados de deseo, sus ojos limpios como dos cristales reflejando las estrellas. La corriente la llevaba flotando lentamente hacía la orilla donde él estaba sentado fumando un cigarrillo; cuando la vio aparecer, el cigarro rodó por sus largos dedos hasta caer sobre el pasto. Era como un paseo por el paraíso, demasiado bella para ser real. Uriel la esperaba con ansias, con la boca seca y las manos sudorosas de frío; cuando la corriente comenzó a llevársela en la misma dirección desde donde la había traído, sin detenerse a pensar, se lanzó al agua para traerla a la orilla. Sólo tomó un momento; cuando subió a la superficie a respirar ella ya no estaba. Nadó en varias direcciones tratando de encontrarla pero no había rastros. Sólo quedaba un peculiar olor a flores que llenaba el aire de un aroma dulce; el lago se bañaba de colores en medio de la noche.
Una pila de papeles y carpetas lo esperaban sobre el escritorio; los contratos, las declaraciones y las leyes viejas y desgastadas ya le producían aburrimiento. Uriel conocía el trabajo de memoria, ya no era el joven con ansias de cambio que alguna vez había sido; dejaba que las cosas fluyeran sin ánimo de luchar por alguna de ellas. Se sentó tras el montón de hojas, comenzó a realizar las modificaciones pertinentes a un testamento que variaba acorde al estado de ánimo de su dueña, entre tanto sus pensamientos vagaban en los labios de aquella misteriosa mujer. Su mirada se escapaba de las líneas atiborradas de letras para huir por la ventana y encontrarse con la orilla del lago, que comenzaba a ser visible, mientras la niebla matutina se disipaba con el sol. Trabajó hasta el mediodía intercalando firmas con miradas perdidas; la curiosidad se le desbordaba del alma. Pasó por la cocina sin oír los quejidos de su estómago, salió al jardín en dirección al lago, que bajo el sol del mediodía parecía un estanque ante la calma de las aguas. Uriel recorrió la orilla siguiendo el camino que había llevado a la muchacha, pero no halló nada que le probara que no había sido una alucinación, algo que afirmara que ella había estado allí.
La tarde se dio paso con gusto a decepción, entre fojas y anotaciones se fue yendo con la tristeza de quien pierde lo que creyó haber conseguido. Después de una cena liviana Uriel salió al vestíbulo llevando un paquete de cigarrillos, un encendedor y un libro bajo el brazo. Intentó concentrarse en la lectura pero todos sus intentos culminaban en Ana...De pronto se encontró sabiendo su nombre, de alguna forma lo había alcanzado; su boca se llenó de aquella dulce palabra que se enlazaba con las bocanadas de humo que exhalaba entre sus labios. Uriel lo repitió varias veces en voz alta como si ella pudiese oírlo, y todo lo llevó al lugar de partida, a orillas del lago donde el cigarrillo ya apagado seguía esperándolo desde la noche anterior. La medianoche llegó con el firmamento colmado de estrellas, estas se reflejaban en el agua como gotas de lluvia cayendo. El canto de los grillos acompañaba la soledad de Uriel, que mantenía la mirada absorta sobre el viejo sauce que acariciaba las aguas, esperando también, que Ana volviese a aparecer como la noche anterior. La niebla comenzó a surgir, se elevaba lentamente y se abría paso entre el denso follaje; se filtraba entre las hojas como los hilos del tejido que se separan para encontrarse más adelante y volverse a unir. Uriel desesperaba al ver que el paisaje se cerraba sin ella, pero antes de terminar sus pensamientos, Ana apareció por detrás del sauce, caminando de manera sutil y delicada como si hubiese cristal bajo sus pies. No era en la forma en que Uriel la esperaba, era aún mejor, con toda la belleza irradiando en su cuerpo. El corazón le latía intensamente, un sudor helado le recorría la piel; las palabras no podían expresar todo lo que sentía por ella, no sabía cómo actuar ante esa mujer que parecía más bien un ángel habitando la tierra. Ana se acercó con la mirada dulce y las manos extendidas. Uriel estaba bajo el hechizo de aquella bella criatura; sin dejar de mirarse, sus labios se tocaron sintiendo en el contacto la fuerza con que la sangre fluía en sus cuerpos, embravecida como el mar en medio de la tormenta. Allí se encontraron bajo la luz de la luna, el juego de luces y sombras dejaba entrever las exquisitas formas de Ana. El calor de los cuerpos fue abrigo suficiente en la noche, mientras el amor los enredaba en su tela y los atraía una y otra vez al comienzo de todo. 
Los primeros rayos del sol descubrieron el cuerpo desnudo de Uriel, las crecientes luces tocando su rostro lo despertaron del profundo sueño; sentía frío en el cuerpo, el fuego se había extinguido y Ana ya no estaba allí. El sol cruzó el cielo con más lentitud que cualquier otro día, los papeles quedaron apilados, la comida sin tocar, todo era un ir y venir, esperar la oscura noche para llenarse de luz otra vez. Uriel se refugió en el recuerdo del cuerpo de ella, en la carne blanca hundiéndose bajo sus dedos, en sus labios de fuego devorados por su boca, en sus ojos profundos que se alzaban ante él como dos soles negros, en sus pechos tímidos perdidos entre sus manos. Mientras las horas pasaban Uriel se volvía un niño, las ansias de verla lo cegaban, soñaba una vida a su lado, la amaba en cada respiro, la odiaba por ser su dueño sólo por un momento. Los trazos negros se fueron dibujando sobre el cielo azul, cubriéndolo lentamente; el sol fue desapareciendo en la llanura y la noche nació en absoluta oscuridad; en el aire se respiraba la tormenta, la tierra húmeda tocaba el viento que viajaba por kilómetros anticipando la lluvia. Uriel alejado del mundo, esperaba; sabía que Ana estaba llegando, podía sentirla en el viento que comenzaba a arremolinarse danzando con las hojas a orillas del lago. Un relámpago iluminó las agitadas aguas; a lo lejos algo se acercaba flotando en la corriente, Uriel esperó, tal vez iba a llegar como la primera noche. Tras un momento de oscuridad otro látigo de fuego golpeó las nubes, Ana estaba cerca, algo había cambiado, su pelo revuelto se anudaba en el aire, el agua la golpeaba por los costados sin descanso pero no era suficiente para lavar el rojo vestido que la cubría y se derramaba hacia el fondo del lago. El abrecartas se reflejó bajo las luces de la tormenta mientras la sangre brotaba por la herida que respiraba con furia bajo su pecho. Los pensamientos nacían, se transformaban y morían en la mente de Uriel, que inmóvil en la orilla, con las primeras gotas de lluvia sobre el rostro, intentaba detener el dolor que lo acometía. El instinto primitivo lo lanzó al lago, en el agua revuelta y en la oscuridad Uriel se movía con igual confusión, nadó hasta que el agotamiento se lo permitió, pero otra vez Ana ya no estaba. Tras alcanzar la orilla se dejó golpear por el sentimiento de abandono, la tierra húmeda absorbía las lágrimas que se escurrían de sus ojos. 
Con la frente caliente y la ropa ya seca Uriel se despertó bajo los rayos del sol de mediodía que lo abrazaban; solo por la necesidad de hacer algo se levantó y caminó hacia la casa con el alma vacía. Una mujer lo esperaba en el vestíbulo, le parecía familiar el dorado cabello ahora recogido, el cuerpo menudo pero exquisitamente proporcionado, el contorno de las piernas que se dibujaban bajo la ceñida falda negra dotándola de elegancia; era Ana irradiando luz como si fuese el centro mismo de todas las cosas. Al escuchar los pasos ella giró sobre sus talones; cuando se descubrieron de frente Uriel se percató de que él era para ella un hombre más, la mirada vacía de Ana lo decía todo. Trató de componerse antes de llegar a la puerta y a pesar de no comprender qué sucedía sabía que era su oportunidad para conquistarla. 
Mientras ella lo esperaba inquieta en la sala de estar, Uriel con el alma desbordada, tejía ideas apresuradas buscando una manera de despertar a la otra Ana. Volvió rápido con el miedo a perderla retumbando tras sus pasos y antes de que pudiera ofrecerle un café, las palabras comenzaron a fluir de la boca frutal de ella ahora con sabor amargo. Hablaba de un contrato prenupcial, de su fecha de casamiento, lo decía sin sentirlo, como quién está cumpliendo una obligación legal. Eran tan distintas, sus olores y colores se transmutaban mientras Uriel se desesperaba por dejarla salir. Las palabras de Ana se clavaban como flechas en las paredes de la habitación aunque él sólo escuchaba lo suficiente para mantener la conversación, nada importante podía venir de esa mujer, que era otra. Cuando al fin ganó el silencio, Uriel decidió probar con la verdad; con la voz acelerada le habló de las noches y del lago, de las llegadas sin aviso, de amores en la orilla, de haberla conocido antes, de estar enamorado. Nada era suficiente para contarle la historia, pero fue lo que Ana necesitó para levantarse de la silla decidida a salir de allí. Uriel se negaba a perderla otra vez, el destino los quería juntos, era su voluntad. Se abalanzó sobre el escritorio tomándola por el brazo mientras repetía la misma historia tratando de convencerla, Ana logró zafarse y echó a correr. Sin pensarlo Uriel tomó el abrecartas mientras rodeaba el escritorio, un par de sillas y un perchero cayeron en la huida; cuando alcanzaron la puerta la herida se cerraba tras la hoja de acero tiñendo la blanca piel de un rojo profundo. Uriel sacó el abrecartas tan pronto como se dio cuenta de lo que había hecho. La sangre caliente se derramaba sobre la alfombra, los ojos aterrorizados de Ana se apagaron mientras sus frías manos se aferraban a su falda, intentando una lucha vana, así fue quedando inmóvil presa de unos brazos a los que no quería pertenecer. El sol de la tarde empezó a caer arrojando sus rayos por la ventana, reflejando el rojo espejo que los rodeaba.
Uriel aún la abrazaba, sus lágrimas se enjuagaban sobre el rostro inexpresivo de Ana, que parecía una muñeca triste. La miraba tan perfecta y no sabía qué hacer con ella, la húmeda tierra no era lugar para esta bella mujer; podía imaginar a los gusanos hurgando su fina piel, sus cabellos deshaciéndose en mechones ya sin brillo, sus ojos mirando para siempre la oscuridad y el olor a rancio emanando de su cuerpo angelical. El lago era su dueño, él sabía exaltar todo lo bello en Ana, la dejaría partir libre en sus aguas para que hallara reposo en el remanso de las mismas. Faltaban un par de horas para que la noche fuera su único testigo, le quitó la ropa rozando cada centímetro de su cuerpo, tratando de guardar todos los aromas. Lavó la sangre que la cubría y la recostó sobre las blancas sábanas vírgenes, peinó sus cabellos y los adorno con flores del jardín, luego la envolvió en una túnica blanca y esperó recostado junto a ella a que la noche fuera propicia. Durmió un momento perdido en el perfil de la respingada nariz pequeña, en los labios como rosas y en sus ojos ya cerrados que miraban otro camino.
Cuando la luna alcanzó su punto más alto, Uriel salió de la casa llevándola en brazos con el corazón apesadumbrado y los ojos vacíos. El lago parecía estar esperándola, el agua se mecía lentamente mientras la luz de la luna jugaba con las pequeñas ondas que iban y venían por la superficie. Las lágrimas caían sobre el agua mientras Uriel apoyaba el cuerpo sobre el remanso; una tenue luz espectral lo hizo estremecerse, la energía volvía a fluir por el cuerpo ya frío. Cuando se miraron pudo saber que era su Ana, la de siempre, la del lago, la que estaba al fin renaciendo; a través de su mirada dulce fue creciendo el odio mientras Ana era testigo de lo que momentos antes había acaecido. Las aguas comenzaron a infectarse de la sangre que ahora volvía a brotar por la herida abierta. Uriel ya no sentía nada, era como si algo lo hubiese consumido; tanta confusión anulaba sus sentidos. El abrecartas se clavó en su pecho empuñado por la delicada mano de Ana, Uriel de rodillas sobre ella cayó al lago hundiéndose; pronto los amantes se encontraron sumidos en aguas rojas, rozando sus manos, navegando juntos hacia el mismo destino.


Victoria Montes