19 de junio de 2013

Maestros

Comenzando desde arriba hay un fuego, o tal vez sean varios,
lo sigue una autopista infinita y una casa tomada.
Continuando hacia la derecha
hay una rayuela que se debate entre dos universos,
dos cuentos con anagramas,
y un perseguido que toca jazz hace tiempo desde el cielo.

En el segundo estante hay un pintor que pinta su propio túnel
rodeado a un lado de hombres y de engranajes
-son demasiados, no puedo contarlos-
y al otro por la muerte, que espera antes de que llegue el fin,
hay también un resistidor que aún se resiste a las generaciones perdidas.

Hay varias guías de viaje que a pesar de los años no pierden vigencia:
un vuelo por el mundo en ochenta días,
un paseo por las profundidades en compañía de Nemo,
un viaje por volcanes de roca ardiente 
donde el centro se devela solo para los valientes.

Un poco más abajo, las olas golpean en el mar alcalino:
Virginia me espera junto al faro en la isla de Skye,
juntas vemos correr por la playa, veloz como el tiempo,
a Cándida Eréndira al fin libre de su abuela desalmada;
si continúa corriendo, seguro que llega a Macondo
a tiempo para el gran funeral de mamá.
Donde termina el entierro se celebra una boda
a la que no concurre el extranjero de al lado
que exiliado en su propia patria
encuentra la libertad entre cuatro murallas.
Junto al preso hay una botella de vino,
le pertenece al viejo indecente que cambia poemas por tragos,
el perro del infierno lo acompaña
mientras recorren juntos la senda de los perdidos.
Un cuervo los sobrevuela al canto de nunca más
y se cuela en la casa de al lado
donde el gato negro maúlla tras la pared recién levantada.
Mientras los oficiales bajan por la escalera empinada del sótano
me paro en el segundo escalón y veo todos los lugares
desde todos los ángulos.
Me perdí en el laberinto, ya no se lo que estoy contando.

Siguiendo por el próximo estante,
siete locos persiguen el juguete de al lado
que se retuerce de rabia en las calles del barrio
donde las aguafuertes se representan como en el teatro.
Hay un café que se acaba y la borra se va quedando
hace tregua con el lobo que mira con recelo desde al lado,
le dicen colmillo blanco,
lo llamó la sangre pero luego la mano lo hizo manso.
Al lado del perro-lobo justo en la esquina,
hay un hombre ilustrado,
está dorando manzanas a orillas del sol...
La luz me encandila,
no creo poder acabarlo 
esto arde como el diablo,
el termómetro marca 451
el papel se está encendiendo y se va quemando,
cuando el infierno de Dante
me está esperando...

por Victoria Montes